Roxana Iraheta de Franco, médica salvadoreña que trabaja para el Ministerio de Salud, relata a Vatican News lo hasta ahora vivido durante la pandemia del Covid-19. «Esto ha hecho cambiar mi forma de dar salud a otros».
Manuel Cubías – Ciudad del Vaticano

El 21 de marzo del presente año, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele decretó cuarentena domiciliar por treinta días. Esta fue levantada el 14 de junio, pero, todavía se deben observar algunas restricciones que irán desapareciendo conforme disminuya la amenaza de la pandemia.

Las decisiones del presidente entraron, en varias ocasiones, en contradicción con las disposiciones de la Sala de lo Constitucional y de la Asamblea Legislativa, generando un ambiente de confrontación política y que de alguna manera, dificultaba atender las urgencias que planteaba la pandemia.

La creciente presencia del Covid-19

Hasta el 17 de junio, el reporte de la Organización Mundial de la Salud, daba cuenta de 4066 personas contagiadas, 2137 recuperadas y 78 fallecidas. En este contexto, cientos de profesionales de la salud trabajan atendiendo el creciente número de casos de contagiados de Covid-19.

La doctora Roxana Iraheta refiriéndose a cómo ha vivido este tiempo, relata que la situación en El Salvador no es muy diferente a lo que ha sucedido alrededor del mundo: “Hemos ido pasando la pandemia por las diversas etapas de su desarrollo, pero, sobre todo, la hemos enfrentado desde el miedo, la incertidumbre, desde la negación de la existencia de esta pandemia y hemos visto cómo poco a poco ha ido afectando a nuestra población”.

Haciendo un recuento del proceso que ha seguido la presencia de la pandemia en el país centroamericano cuenta que “los primeros afectados fueron nuestros compatriotas que estaban fuera del país, luego fueron los casos locales y ahora, de manera directa o indirecta, algunos de nuestros familiares y amigos”.

Sin embargo, afirma la doctora Iraheta, este tiempo nos ha servido para encontrar nuestras fortalezas: hemos aprendido a tener empatía, solidaridad; hemos aprendido a cuidarnos, a hacer cosas como lavarnos bien las manos, guardar la distancia. Todo eso está haciendo un cambio en nosotros. También hay debilidades, que espero las vayamos superando, como las divisiones que se han dado por los diferentes puntos de vista de cómo manejar la pandemia”.

Como sociedad salvadoreña necesitamos cambiar, enfatiza la profesional de la salud, “pensar de la misma manera no quiere decir que vamos a estar de acuerdo en todo lo que nosotros tenemos que hacer, sino que tenemos que entender que el país tiene un rumbo, un rumbo definido y es ayudar al que más lo necesita, proteger al desvalido, seguir adelante”.

Cuidarme y aprender a cuidar a los otros. La fuerza de confiar en el Señor

Como personal de salud me ha dejado una gran experiencia, dice la médica: “He podido estar al frente, dirigiendo equipos de respuesta rápida; he podido estar detrás de un escritorio dando una consulta a pacientes con infecciones respiratorias. Me ha tocado viajar en ambulancias llevando personas diagnosticadas con Covid-19 y sólo decirles, adiós. Saber que se van, pero también confiar en que Dios lo puede todo, saber que para El no hay nada imposible, que, con la oración, todos podemos salir adelante”.

La doctora Iraheta expresa que un elemento importante en este tiempo de crisis sanitaria es el aporte de la fe, de la confianza en Dios: “También he estado confiando al Señor a todas las personas que yo amo. Cada día, al levantarme y decirle, no sé qué vamos a hacer hoy, me ha hecho más solidaria, me ha humanizado un poco más y a mi profesión le ha dado un giro, un nuevo punto de vista”.

Ayudar al otro más allá de los propios límites

Roxana Iraheta hace un balance de los meses transcurridos y a modo de anécdota nos dice:

La anécdota que puedo contar es la de mi propio confinamiento. Yo tuve contacto con el primer paciente que dio positivo en el área geográfica donde trabajo. Tuve que confinarme, tuve el temor de estar contagiada, tuve el temor de que iban a llegar a mi casa, que se iban a llevar a mi familia a un centro de contención y el temor de contagiar a mis compañeros de trabajo, porque igual continué trabajando y esos fueron días muy difíciles en los que sólo la oración de las personas que yo amo, mi esposo, mi madre, mi hijo, mi grupo de oración, mi párroco, fue lo que me sostuvo durante esos treinta días, que fueron de llorar, de desvelarme, pero que ya han terminado.

Todo esto hace que vea mi profesión y mi fe de otra manera. Esto ha hecho cambiar mi forma de dar salud a otros: no se trata solo de dar una receta o un medicamento, sino que consiste en preocuparse por el otro; ayudar al otro más allá de lo que podamos dar; es tocar al enfermo, así como Jesús los tocaba. Ha sido una experiencia difícil, pero Dios sabe por qué lo ha permitido.

La pandemia continuará con nosotros, no sabemos por cuánto tiempo más, pero lo que sí sabemos es que estamos en un momento propicio para construir una sociedad más solidaria y centrada en el cuidado de la vida de todos y de toda la creación. Todo el bien que hagamos a nivel personal y familiar beneficiará a todos. (VaticanNews)

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